Una reflexión sobre las prácticas de mujeres de la economía popular en el Noreste argentino

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Miradas Locales

Una reflexión sobre las prácticas de mujeres de la economía popular en el Noreste argentino


Por: Laura Pegoraro
Tramas DSC_0180-2 Una reflexión sobre las prácticas de mujeres de la economía popular en el Noreste argentino  Revista Tramas

Resumen

 

Las relaciones que se entretejen entre la universidad y los saberes otros, serán el marco para comenzar a indagar en las prácticas de mujeres que hacen manualidades en un barrio popular de Corrientes. La escena fue un primer encuentro para la organización de un espacio de venta colectivo, donde los conceptos económicos como “trabajo”, “producto”, “producción” y “tiempo”, van revelando significados propios.

Partiendo de la idea de que las relaciones permean las prácticas, y que en ellas el saber juega un papel condicionante, pero no determinante, pondré en tensión categorías propias de la economía como ciencia, con los usos y significados que las mujeres hacen de ellos, sin conformarse como un grupo homogéneo. El tiempo de producción y el trabajo, se pone en entredicho entre la experiencia de una mujer de una cooperativa del Ellas Hacen, una participante de ferias y otras mujeres dedicadas al cuidado de la familia.

 

Palabras Clave: Prácticas Económicas, Mujeres, Trabajo, Economía Popular.

 

Una reunión fue la escena, Emilia[1] la encargada principal de convocarlas. Les había dicho que trajeran lo que hacían para mostrar, como una suerte de catálogo. A mí me convocaron por ser economista. Sin saber bien para qué, estábamos ahí un grupo de mujeres, y algunos/as niños y niñas, un viernes de diciembre de 2015 en un barrio marginal de la capital correntina. Con calor, como es de esperarse por esa época, y sin ventiladores en el Salón de Usos Múltiples (SUM) del Centro de Promoción Comunitaria (CPC).

 

cómo se van entrelazando las prácticas económicas de las mujeres que habitan un barrio, con las diferentes dimensiones de la vida social, donde las fronteras prácticas difuminan las analíticas, las ponen en tensión, incluso a veces las explotan

 

La propuesta: conformar un grupo de artesanas. Sin ser un grupo, sin ser artesanas, y sin ser yo quien sostendría el espacio. Se reunieron entonces la práctica de costuras y manualidades varias, con una entusiasta de la economía popular. La mezcla venía de la mano de un proyecto de Desarrollo Territorial y Social (PDTS) del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). De este acontecimiento hablaré en lo que sigue, de cómo se van entrelazando las prácticas económicas de las mujeres que habitan un barrio, con las diferentes dimensiones de la vida social, donde las fronteras prácticas difuminan las analíticas, las ponen en tensión, incluso a veces las explotan. Estas prácticas se dan en un espacio social y no pueden ser aisladas de las instituciones, las historias, las trayectorias particulares, los deseos, como tampoco de las relaciones de poder que las constituyen, las atraviesan, las potencian o las imposibilitan.

Un inicio: el proyecto de extensión universitaria

La propuesta inicial recogida por el PDTS era propiciar actividades para el Centro de Promoción Comunitaria (CPC) del barrio de Corrientes, creado por el Programa de Mejoramiento Barriales (PROMEBA) unos años antes. El Centro de Estudios Sociales (CES), del cual formo parte, fue invitado a sumarse en abril/mayo de 2015. El PDTS estaba integrado por: el Instituto de Geohistoria (IIGHI), el Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES), el Instituto de Cultura (IC) de la provincia de Corrientes, y la Secretaría de Desarrollo Humano (SDH); quienes idearon el proyecto partiendo de un diagnóstico sobre el sector con el que se va a trabajar y con algunas problemáticas más o menos definidas. Al estar la coordinación en manos de las instituciones universitarias, se asume desde un sentido común cierta “neutralidad”, “objetividad” y pericia en la intervención. Pero tal como señala Merklen, en el prólogo al libro de Pablo Semán, la idea que permea la mirada hacia la “ciudadanía” de este barrio, señalaba la carencia de los otros donde “las miradas dirigidas hacia la cultura de las clases populares se detienen con frecuencia en el estudio de los humos que intoxican el espíritu de los sujetos que pueblan tales parajes de la sociedad” (Semán, 2006, pág. 18). Como remarca luego, se subsumen en el escándalo que les generan esos individuos como sujetos perdidos, que están como regodeándose en los efluvios de la cultura, la religión, las políticas públicas y entre otros opiáceos. Esta situación, esta mirada que agregaría es academicista[2], no alcanza para comprender la situación en que la cultura popular se despliega, como tampoco puede reconocer la existencia de un universo popular, que está en tensión, oposición o incluso contradicción con algunos proyectos dentro de la modernidad.

esta mirada academicista, no comprende la situación en que la cultura popular se despliega, como tampoco puede reconocer la existencia de un universo popular, que está en tensión, oposición o incluso contradicción con algunos proyectos dentro de la modernidad

 

Recorriendo el barrio nos encontramos[3] con cooperativas del programa nacional Argentina Trabaja y del Ellas Hacen, también una cooperativa de reciclado de papel, muy parecida a las de cartoneros que han sido estudiadas para el conurbano bonaerense[4]. La economía cotidiana se componía de quioscos, pequeños y algunos medianos, personas ofreciendo sus conocimientos en oficios como reparación de aires acondicionados, heladeras, soldaduras, etc. Las mujeres con las que pude hablar vivían en las cercanías del CPC, y realizaban diferentes actividades manuales en sus casas. Ellas no salían de sus hogares porque el barrio no les parecía seguro.

Al sumarnos al proyecto, algunos talleres en el CPC se habían iniciado, también se hacían reuniones, una era por ejemplo para armar una plaza en un basural, otra para las madres de los jóvenes con consumos problemáticos. La mayoría de las que íbamos como “externas” éramos bio-mujeres. En una de esas reuniones con las madres de los jóvenes con consumos problemáticos hablaron de participar en ferias para vender las manualidades que venían haciendo en sus casas. Allí comencé a charlar con algunas de estas mujeres. Lo primero fue visitar algunas casas como para invitarlas, y conocerlas. Las mujeres eran sugeridas por Emilia, bibliotecaria del CPC, quien anteriormente tenía un local en su casa donde vendía souvenirs, y cosas de decoración, muchas de ellas de realización propia, otras no. En las visitas había notado que algunas mujeres no estaban muy convencidas de vender ni de participar de las ferias, pero sí querían hacer algo. Acordamos una reunión para el 11 de diciembre.

Mujeres del barrio, el primer encuentro como “artesanas”

Ese viernes, para mi sorpresa, vinieron varias mujeres. Llegaban acompañadas de hermanas, hijos, sobrinos, todas interesadas en vender lo que hacían. Cada una llevó muestras de sus manualidades. Vanesa llevó sus gomitas decoradas, en una caja de zapato. Carola trajo un muestrario de sus joyas, y algunas prendas que recientemente había confeccionado. Los osos de Yamila estaban en unas bolsas plásticas, que las/os niños sacaban de a ratos. Todas comenzaron a mostrarme primero las cosas, para luego circularlas entre ellas.

“Comencé” la reunión contando que la coordinadora del proyecto me había transmitido que ellas querían armar una feria de artesanas, entonces nos estábamos reuniendo para decidir qué hacer y cómo. Había una relación de poder al “tomar” la palabra y hacerla circular que trataba de saltarla, pero no podía. Las jerarquías sociales no se eliminan por una dinámica de presentación ni por la voluntad de quien coordina una actividad.

La primera que habló fue Yamila, tenía tres hijos, y un marido que hacía changas de albañilería, aún esperaba poder tener una hija. Debía de andar cerca de los 36 años. Se relacionaba con el CPC por medio de la SDH, donde tenía una beca que la obligaba a prestar servicios de limpieza. Se presentó diciendo que hace de todo, “flores de goma eva, hice un curso muñecos peluches, de tela, a crochet se tejer, almohadones… a mí me gusta hacer, pero no vender” y concluyó con risas cómplices con sus vecinas. Inmediatamente se sumó otra participante, señalando que le pasaba lo mismo. Le costaba poner un precio, como también desprenderse de lo que hacía[5].

Varios son los trabajos que abordan las relaciones entre las cosas, o los objetos que luego se transformaran en mercancías (Appadurai, Callon). Para que esto suceda, señalan, es necesario que se dé una transacción mercantil, al menos en términos teóricos del mercado competitivo. Esta transacción transmuta a dos agentes en un/a vendedor/a y un/a consumidor/a, donde esta abstracción favorece la eliminación de los lazos entre la cosa y los seres y/u otras cosas. Es un proceso se descontextualización, de disociación, de separación. Pero en Yamila, y otras mujeres, hay una relación con la cosa producida que no se rompe, y no lo hace a priori porque tiene un valor específico, que no es uno para el mercado.

Mientras seguían sumándose algunas mujeres, Carola irrumpe para decirle a Yamila que si fuera a las ferias que se hacen debajo del puente (Chaco-Corrientes), podría darse una idea de los precios, o también sacar los costos de lo que produce, y de ahí cobrar el doble. Carola, quien ya había participado de varias ferias, entendió que el problema del precio era no saber el adecuado para el producto, entonces sugiere un análisis del mercado más próximo, la feria del puente. Ella debía andar en torno a los 55 años, es delgada de tez blanca, y usa anteojos que se oscurecen con el sol. Hacía costura, flores de goma eva, bijouterie, crochet, casi todo lo que saben las otras chicas. Era esposa de un embarcadizo, y tenía un hijo, sobre quien decía que giraba su vida. Hubo un tiempo en que tuvo un local en su casa, todavía está el cartel en el frente. La mayoría de lo que hace es para vender. Se posicionó frente a las otras mujeres como la que tiene experiencia, les dice cómo pueden calcular el precio de venta, dónde se hacen las ferias, cómo tendrían que hacer para aprender a tejer. Llegó a la reunión con un muestrario de sus productos, una carpeta con folios. 

Bourdieu va a decir que el mercado se compone de un conjunto de relaciones de intercambio colocadas en competencia, que dependen de un conflicto indirecto, esto serían las relaciones de fuerza que también se constituyen por la participación de diferentes agentes del campo, con grados variables de control de las modificaciones que se dan en ese mercado. Sujeto a “el uso de los poderes estatales que están en condiciones de controlar y orientar”. (Bourdieu, 2001, pág. 232). En este caso el autor francés refiere al control de los grandes grupos económicos, pueden ejercer sobre el estado, y sus burocracias. En la experiencia que estoy analizando de las mujeres el mercado se conforma de ferias[6] y personas cercanas, que pueden ser consideradas como una suerte de mercado directo donde la oferta (productos) se pone al alcance de la demanda (los clientes/consumidores) sin intermediación externa, en un principio. Estas ferias son promovidas por el Estado, en su versión provincial o municipal, pero acá estaba siendo promovida por la universidad[7]. En este sentido, el Estado (y la universidad como parte integrante) no es necesariamente una fuerza a controlar por parte de un grupo de poder, o no es solo eso, se comporta como un actor o una institución con un efecto concreto en las prácticas económicas de las mujeres. 

 

el Estado no es necesariamente una fuerza a controlar por parte de un grupo de poder. Se comporta como un actor o una institución con un efecto concreto en las prácticas económicas de las mujeres

 

En el transcurso de la reunión, con muchas risas cómplices y chistes, fueron surgiendo diferentes cuestiones. Una fue el momento destinado a la creación. Carola mencionaba “varias cosas se hacer, pero no puedo hacer todo porque tengo que limpiar mi casa, vivo con mi hijo”. El uso del tiempo en la producción, como también la plasticidad de aprender nuevas técnicas y hacer nuevos productos, aparece con un fin recreativo. Eso que el mercado compra es una forma de ocio productivo[8] para las mujeres, la materialización de ese momento de ellas, para ellas. No un producto pensado necesariamente para el mercado, para un consumidor, es un producto hecho con placer, y con el uso de su tiempo libre.

Luciana, una morocha amorosa, simpática, hermana de Emilia, madre de 4 hijos, tres grandes, uno de ellos con problemas psicomotrices, y un bebé de un año aproximadamente. Decía: “Yo tengo un bebé y cuando él duerme me pongo a tejer, para relajarme, ahí me siento a tejer”. Comenzó el tejido para adornar la pieza de sus hijos. Carola responde a esto: “cuando somos mamas hacemos mil cosas (…), en el momento que podemos hacemos algo”. La maternidad es una característica común entre las mujeres que estaban ahí, también un hecho que genera cercanía entre ellas.

Vanesa, por su parte decía que comenzó a hacer gomitas para el pelo decoradas cuando tenía tiempo, “tengo una nenita y un marido que por ahí en el tiempo que se va a trabajar…”, es el que usa para hacer, para crear. Vanesa era una de las más jóvenes. En el transcurso de las reuniones, consiguió un trabajo cuidando a un anciano, y dejó de participar del grupo de mujeres. Antes de este trabajo, tenía tiempo libre a la siesta, y lo usaba para producir como una alternativa al aburrimiento.

El cuidado de los otros, asociado como trabajo no es algo nuevo, ya Christine Delphy lo analizó partiendo de algunas ideas de Simone de Beauvoir. Una de las cuestiones que está en debate es la remuneración de ese trabajo, el reconocimiento social al mismo, o bien el modo de producción asociado a esa actividad. Pero hasta aquí vemos al trabajo como el requerido para el cuidado de lxs otrxs, pero también aparece un tiempo destinado para sí, para la recreación de estas mujeres, que es un cuidado de sí mismas, que paradójicamente tiene un valor de cambio en las ferias. Cristina Morini señala que en el traspaso del capitalismo industrialista-fordista al biocapitalismo, se genera una modificación en la valorización del trabajo, donde el modelo de los cuidados “se vuelve entonces una estrategia de gobierno de la complejidad y de despotenciamiento de las conflictividades(Morini, 2014, pág. 207).

en el traspaso del capitalismo industrialista-fordista al biocapitalismo, se genera una modificación en la valorización del trabajo, donde el modelo de los cuidados “se vuelve una estrategia de gobierno de la complejidad y de despotenciamiento de las conflictividades”

 

En el transcurso de la reunión, otra participante decía que cuando no sabía ponerle el precio, sufría un montón. Lo que era graficado por otra que expresaba que cuando le preguntan el precio no sabe si vale su producto, y se pone a dar vueltas, no logra decirle un precio a la persona que tiene en frente. Lali arremete con un tono imponente: “yo enseguida le pongo el precio y encuentro la forma de venderle enseguida también”. Lali formaba parte de una cooperativa del Ellas Hacen[9], trabajaba con el municipio. Como cooperativa vendían ropa de trabajo al gobierno municipal, participaba de las ferias de emprendedores, pero también prestaban servicios de limpieza en la delegación municipal del barrio, como contraprestación del programa. Al momento de presentarse, Lali contó que esperaba vender lo que produce, que ella confeccionaba ropa, hacía arreglos, y cosas como para la cocina, remarcando que su trabajo era la costura. En el barrio la reconocían como la costurera.

“…yo hago lo mío, o sea en la cooperativa hacemos todo en grupo y yo aparte hago lo mío porque también está… por ahí no hay fondos en la cooperativa entonces cada una hace en su casa lo poquito que puede y juntamos para vender para que no se deshaga la cooperativa y así optamos por hacer cada uno y vender cada uno por su parte… para que no decaiga eso, que no dejemos de hacer, que no dejemos de asistir.” (Lali)

Finalizando la reunión, hablamos de participar en una feria. Una de las cuestiones a resolver era la cantidad de manualidades que llevaríamos, y cómo haríamos para producirla. Varias mencionaban la dificultad que les generaba realizar esta previsión, no sabía si dispondrían del tiempo, si podrían comprometerse con una cantidad específica. Lali con una voz de autoridad remarcó respecto al tiempo de trabajo, que en el momento en que se ponen a trabajar, no deberían “…atenderle al marido…. a nadie, porque estamos metidas en otra cosa”, estableciendo así una separación entre lo que es el tiempo de trabajo para fuera del hogar, y lo que es el interno, el de atención, cuidado.

El tiempo de ocio de la teoría, se transforma en el tiempo para sí mismas de algunas mujeres del barrio, donde producen algo que tiene un valor potencial de cambio en el mercado

 

El tiempo no se divide entre ocio y trabajo para algunas de estas mujeres del barrio, como lo sería para el homo economicus. El trabajo no es un trabajo para un “empleador”, ni para asegurar el incremento del capital invertido, ni el ocio es el tiempo de recreación estéril para el mercado. El tiempo de ocio de la teoría, se transforma en el tiempo para sí mismas de algunas mujeres del barrio, donde producen algo que tiene un valor potencial de cambio en el mercado. A su vez, el tiempo de trabajo, es el tiempo de atención a la familia. El trabajo más cercano a lo definido teóricamente, es cuidar a sus hijos/marido. Sin embargo, para Carola o Lali, el trabajo está más cerca de la generación de una mercancía, de un producto a ser intercambiado. Es una reconfiguración de las prácticas, que no es natural, ni ajena a las condiciones en las cuales se desarrollan, donde la presencia del estado se hace visible, ya sea organizando espacios de venta, o definiendo las capacitaciones necesarias, las formas jurídicas que deberían adoptar la organización del trabajo, o incluso siendo quien compra lo producido, en síntesis, estableciendo las relaciones, o generando el marco de su ocurrencia.

El estado, el actor latente

Block (2003), señala que en la relación entre estado y economía[10] puede pensarse desde dos paradigmas, por un lado uno que sostiene que son dos esferas separadas, y que se mixturan, pero que la considera no realista, pues sería necesario pensar que son fronteras identificables. Por otro lado, el segundo paradigma sostiene que el estado participa en la constitución de la economía, y podemos agregar que la economía también constituye al estado, es una relación histórica, un devenir, más que dos entes separados o separables. El problema se presenta en cómo se da esa relación, esa articulación, y qué efectos genera en lo social.

Una idea fuerza en lo que sigue será que las políticas públicas se constituyen como uno de los múltiples canales que condicionan las prácticas analíticamente económicas, serían el medio por el que se manifiesta el estado. Shore (2010) señala que la formulación de políticas desde una mirada más cercana a la antropología, es una actividad socio-cultural, inmersa en procesos sociales cotidianos, los del estado y sus agentes, “en los protocolos lingüísticos y en las prácticas culturales que crean y sostienen esos mundos” (Shore, 2010, pág. 24). Planteando luego que el análisis de las políticas públicas implica dar sentido a un conocimiento tácito, a las diferentes interpretaciones y las definiciones que varían de acuerdo a los actores situados en lugares diferentes. Esto es, permite acercarse tanto a la mirada de quienes “piensan” la política, los que la “luchan” (movimientos sociales, agrupaciones empresarias…) y los que finalmente son destinatarios de las mismas.

En este sentido, la antropología es una disciplina que permite pensar al estado y su accionar desde su margen. La etnografía “privilegia la experiencia, lo que permite introducirse en los dominios de lo social que no son de fácil acceso si se siguen los protocolos formales de los que se sirven otras disciplinas” (Das y Poole, 2008, pág. 20), permitiendo además expandir los espacios del conocimiento al plantear nuevas relaciones que tienen que ver con las prácticas y no con supuestos lógicos. Autores como Ferguson, Gupta, Herzfeld, mencionan Das y Poole (2008), piensan al estado desde su doble efecto de orden y trascendencia. De alli consideran a la tarea del/a antropóloga/a como un primer nivel de percepción de las instancias estatales tal como existen en los niveles locales, “para luego analizar dichas manifestaciones locales de burocracia y derecho en tanto interpretaciones culturalmente constituidas o como apropiaciones de las prácticas y de las formas que constituyen el estado liberal moderno” (Das y Poole, 2008, pág. 21). Los espacios “marginales” son vistos como espacios de desorden, donde el estado no logró instalar el orden. Por esta razón, espacios privilegiados para comprender lo social, sin que eso implique la búsqueda de lo social en su situación “natural”.

Pero ese orden sería la instalación de una idea, de cierta coherencia, pero esa idea está íntimamente relacionada con el sistema que permite esa instalación, tomando en cuenta lo planteado por Abrams (2015), donde el estado puede analizarse como el estado-sistema y el estado-idea. Es decir, analíticamente puede resultar productivo pensar esta separación entre el estado idea y el estado sistema, o forma de organización burocrática, pero ambas están estrechamente ligadas en la práctica si consideramos a la realidad como una lucha de fuerzas, donde no necesariamente hay homogeneidad en la captación del estado, incluso “la institución” puede responder a lógicas antagónicas. Foucault sugiere que al observar el aparato del estado en forma aislada podría dar cuenta de los mecanismos de poder, sin embargo, el ejercicio del poder circula por canales más sutiles y ambiguos. “El fenómeno que llamamos “el estado” surge de técnicas que permiten que prácticas materiales terrenales adquieran la apariencia de una forma abstracta, inmaterial” (Mitchell, 2015, pág. 93).

El Estado como sistema u organización se hizo legible en el barrio a partir de las enunciaciones de las mujeres. Quienes contaban sus diferentes experiencias desde lo que podrían denominarse políticas públicas, pero también en su relación directa de servicios burocráticos. Lali contaba la situación con una licitación pública que había hecho el Municipio para la compra de uniformes para sus trabajadorxs: “nuestra cooperativa también agarró para hacer 50 pantalones y camisas, pero no pudimos entrar porque no encontramos proveedor para la municipalidad, quien nos provea de la plata para comprar la tela, se necesitaban $ 25.000 para comprar tela, botones, cierres”. El Municipio en ese momento (año 2015/2016) articulaba con las cooperativas del Ellas Hacen la provisión de los uniformes, es decir, “favorecía” su participación en el proceso de licitación, las invitaba a participar. El problema que se les presentó a las mujeres, es que está “abierta” la posibilidad en tanto son convocadas para formar parte de la licitación, pero sus condiciones materiales no les permitían acceder efectivamente.   

Agregó Yamila: “nosotros hicimos reunión y querían que hagamos, dijeron que iban a esperar porque nadie tenía para comprar la tela”. A lo que Lali comenta que eso mismo les pasó a ellas, que necesitaban un proveedor, pero ninguna de las mujeres de la cooperativa era proveedora del municipio, ni sus conocidos en el barrio. Sobre la búsqueda del proveedor que pueda “prestar” la factura, decía Lali, “nuestra cooperativa no está inscripta en la AFIP, le buscan la quinta pata al gato, quisimos hacer changas acá también, pero…”. Carola dice que se podía inscribir al menos una en AFIP y Rentas (Carola no es beneficiaria de la AUH, y su marido tiene un trabajo formal). Lali le responde que tenían que ir a inscribirse a AFIP, que habían pensado en su presidenta, pero que ella no quería quedarse sin su asignación. Es la dicotomía entre el ingreso fijo que le representa en ese momento la AUH mientras que la provisión que puedan hacer de uniformes, es algo aleatorio, de una vez, que probablemente tenga demoras en el pago.

Esta ilegalidad es tal, solo desde la mirada técnica del estado, en la perspectiva de las mujeres es una forma válida de resolver los problemas

 

Por un lado, el estado nacional, con el programa Ellas Hacen, trata de organizar el trabajo en términos de cooperativas, establece un orden legal para una actividad que se pretende productiva. El estado municipal, busca “dar” trabajo a esas personas invitándolas a participar de las licitaciones, es una política activa. Estas prácticas para proveer al estado podrían considerarse “ilegales”, pues se prestan las facturas (algo común incluso en otros sectores de la actividad económica), donde una persona que tiene los “papeles” en regla, hace la factura como si fuera quien presta los servicios, pero la transacción efectiva se hace con otrx sujetx, o grupo. Así, lo que queda registrado difiere de lo sucedido. Esta ilegalidad es tal solo desde la mirada técnica del estado, en la perspectiva de las mujeres es una forma válida de resolver los problemas, de sortear la “quinta pata del gato”.

Carola, cuenta otra experiencia con el Municipio, donde ella había pedido tiempo atrás un préstamo para comprar máquinas en acción social[11], dice que por eso la llamaron como parte de las modistas, para hacer la ropa de los municipales. Después comenzarían con la producción, para asignar cada quien expresa cuánto puede hacer, y así se distribuyen. La forma en que expresa Carola su interacción con el estado, da cuenta de la relación que se establece entre el Municipio y el Gobierno Provincial, a priori relación inexistente por ser de diferentes colores políticos[12], pero que en el cuerpo de las “beneficiarias” se realiza. Acá se abre un nuevo tramo del análisis por venir, indagar en cómo se da esta articulación de las políticas, acciones burocráticas y demás actividades del gobierno desde las mismas prácticas de las mujeres. 

Abrams (2015) entiende que tanto el marxismo como la sociología política han estado a merced de la cosificación del estado, que obstaculiza el estudio eficaz sobre problemas del poder político. Esta dificultad de estudiar el estado descansa en su naturaleza tanto como en las predisposiciones de quienes lo estudian, a lo que el autor denomina la sujeción políticamente organizada. Sostiene que al igual que la familia, o la ciudad, el estado es un objeto espurio de la sociología, por lo que sugiere ir más allá de los análisis de Hegel, Marx, Stein, Weber, etc., para llegar hasta las realidades de la subordinación social. Sin dejar de considerar que el estado es una institución con un efecto sobre la población (nominación netamente estatal), las personas realizan una significación y una articulación con la institución y con las acciones de la misma. Es decir, más allá de las relaciones de poder que trascienden a algunas mujeres del barrio, como podríamos pensar la definición y el sentido que asumen ciertas acciones estatales (políticas públicas), las mujeres articulan con las diferentes instancias estatales y no necesariamente desde su conciencia, o desde un proceso de resistencia, sino como una suerte de potencia de vida, una forma de relacionarse con las condiciones que reconocen.

La relación posible

En un primer momento analítico aparece un comportamiento no previsto por el PROMEBA. Los “vecinos” no se hacen cargo del CPC, lo que requirió la intervención de la universidad, para lograr esta participación y apropiación. La academia como centro del saber que pueda orientar los comportamientos, llevar “la ciudadanía” y “la cultura” a las relaciones carentes de ella, o al menos quienes tienen una “baja cultura”. Yo formo parte de esa academia. Fui interpelada para acercar al mercado a mujeres que trabajan mayormente en su casa.

En un segundo momento, se juegan los pasajes, las transiciones, desde las fronteras que tratan de establecerse desde los análisis, ya sean académicos o políticos, y como las prácticas van desenredándose, y volviendo a enredarse, en un ritmo difícilmente captable. El trabajo para las mujeres, lejos de ser sólo una conceptualización teórica, tiene una implicancia fáctica, valorativa, clasificatoria, y que se juega en el sentido que prima, ya no en un significante vacío apropiable por una fuerza política, es un sentido en pugna, tan in-apropiable como incalculable a priori. Y el precio de su trabajo, de lo que venden, se presenta como una de las formas donde el conflicto, o los diferentes sentidos se manifiestan.

Así surge una percepción del estado, donde las mujeres de un sector popular son personas que interactúan, generan vínculos, y de ahí deviene un uso y una práctica específica de trabajo y de relación social

 

El tercer momento es donde el Estado actúa, pero no tiene un estado homogéneo, que define “desde arriba” coherentemente lo qué va a pasar, establece algunas reglas de juego vía las normativas, las políticas públicas, las instituciones que prestan servicios, que son resignificadas, aunadas a experiencias, historias, formas de comprender y de usar de las mismas mujeres (esto es, tampoco se dirige a un grupo homogéneo). Así surge como una suerte de percepción del estado, donde las mujeres de un sector popular, lejos de ser sujetos pasivos, son personas que interactúan, generan vínculos, y de ahí deviene un uso y una práctica específica de trabajo y de relación social. Las prácticas económicas, “constituyen una parte importante de los lazos sociales y se desarrollan tanto en un contexto de relaciones impersonales –que suelen ser consideradas como su terreno natural- como de relaciones íntimas, envueltas en afecto y confianza” (Luzzi & Neiburg, 2009, págs. 17-18).

Ellas saben vender, y saben ponerle precio a su trabajo. Su trabajo ya tiene un valor

Estos momentos son analíticos. Las preguntas que se abren desde aquí van en torno a que se pone en juego el momento en que algunas mujeres del barrio sienten que deben ponerle un precio a su trabajo. Qué relaciones y sentidos aparecen con ese trabajo y ese precio. La interpelación proviene desde la Universidad, pero también desde el estado con las ferias para “emprendedores” que organiza, como de las posibilidades de ventas al municipio directamente. Las mujeres enuncian un deseo de participar en estas actividades. Ellas se sienten interpeladas porque de alguna manera participan de esta relación, la cuestión es cómo se despliegan en este vínculo, y otra vez, no desde un análisis esencialista, sino más bien desde un comprender las fuerzas sociales que se manifiestan y se tensionan. Algunas tienen problemas con el precio, otras encontraron una forma de resolverlo. Ellas saben vender, y saben ponerle precio a su trabajo. Su trabajo ya tiene un valor. Un valor dado por una relación en el tiempo con algún programa del estado, que tuvo un efecto de transferencia de lógicas de funcionamiento del propio estado, pero también del mercado. 

 

Bibliografía:

Abrams, P. (2015). Notas sobre la dificultad de estudiar al estado. En P. Abrams, a. Gupta, & T. Mitchell, Antropología del Estado. México: Fondo de Cultura Económica.

Block, F. (2003). Los roles del estado en la economía. Reproducido en Apuntes de Política Social, UBA.

Bourdieu, P. (2001). Las estructuras sociales de la economía. Buenos Aires: Manantial.

Bourdieu, P. (2015). El sentido práctico. Buenos Aires: Siglo XXI.

Bourdieu, P., y Wacquant, L. (2005). Una invitación a la sociología reflexiva. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

Callon, M. (2008). Los mercados y la performatividad de las ciencias económicas. Apuntes de investigación del CECYP, 11-68.

Chartier, R. (1996). Escribir las prácticas. Buenos Aires: Manantial.

Das, V., y Poole, D. (2008). El estado y sus márgenes. Etnografías comparadas. Cuadernos de Antropología Social Nº 27 – UBA, 19-52.

Luzzi, M., & Neiburg, F. (2009). Prácticas económicas, derecho y afectividad en la obra de Viviana Zelizer. En V. Zelizer, La negociación de la intimidad (págs. 11-20). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Mitchell, T. (2015). Sociedad, economía y efecto del estado. En P. Abrams, A. Gupta, & T. Mitchell, Antropología del Estado. México: Fondo de Cultura Económica.

Morini, C. (2014). Por amor o a la fuerza. Madrid: Traficantes de Sueños.

Pacífico, F. D. (2016). “Más allá del programa”. Políticas estatales, mujeres y vida cotidiana en el Gran Buenos Aires. Buenos Aires: Tesis de Grado – UBA.

Semán, P. (2006). Bajo Continuo. Exploraciones descentradas sobre cultura popular y masiva. Buenos Aires: Gorla.

Shore, C. (2010). La antropología y el estudio de la política pública: reflexiones sobre la “formulación” de las políticas públicas. Antípoda, 21-49.


[1] Los nombres de las mujeres han sido modificados, las de las instituciones se mantienen.

[2] En los términos de falacia escolástica acuñado por Bourdieu (2001), donde el intelectual mira todo desde sus nociones, incluso traslada las categorías propias a todo lo que observa.

[3] Parte importante del trabajo de campo fue realizado con mis compañeras del CES. Cuando el recorrido, o la discusión fue planteada en el equipo, hablaré en tercera persona. El resto, en primera.

[4] Autores como Sebastián Carenzo, María Inés Fernández Álvarez, Sabina Dimarco han abordado diferentes experiencias de los cartoneros.

[5] Agregó Yamila a lo que decía la mujer: “No me gusta desprenderme de las cosas que hago, hace poco termine un acolchado a crochet de dos plazas, almohadones… no me sale eso de ponerle precio al trabajo, me cuesta, pero me gustaría aprender para poder vender”.

[6] Algunas de ellas también vendían al estado, y a los/as vecinos/as.

[7] Más allá que no fuera quien la organiza físicamente, si preparaba y alentaba a las mujeres a participar de ellas.

[8] Productivo en un sentido más psicoanalítico, que económico.

[9]“…en el año 2013, se lanzó el programa “Ellas Hacen”, una línea de intervención específicamente dirigida a mujeres desocupadas que percibieran la Asignación Universal por Hijo (AUH), priorizando madres de “familias numerosas”, con hijos/as discapacitados o que sufrieran violencia de género. Las inscriptas en el programa conforman cooperativas de trabajo, reciben un ingreso monetario mensual y asisten a capacitaciones y actividades de terminalidad educativa. Según informes del MDSN el Ellas Hacen ha alcanzado luego de dos años de su lanzamiento, unas 98.876 beneficiarias…” (Pacífico, 2016, pág. 5).

[10] Aquí se habla de economía como actividad económica, no como disciplina.

[11] Entiendo que sería la Dirección General de Economía y Acción Social, dependiente del Ministerio de Desarrollo Social de la Provincia.

[12] Por ejemplo, en el barrio existe un Centro de Atención Primaria de la Salud (CAPS), y una Sala de Atención Primaria de la Salud (SAPS), uno del gobierno provincial, otro del municipio, que brindan el mismo servicio.

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