Promesas, promesas. Cambiemos y su disputa por el sentido común.

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Promesas, promesas. Cambiemos y su disputa por el sentido común.


Por: Paula Canelo
Tramas kristopher-roller-188180-unsplash Promesas, promesas. Cambiemos y su disputa por el sentido común.  Revista Tramas

Resumen: En este artículo presentamos algunas hipótesis para comprender por qué el gobierno de Cambiemos, aún en la actual coyuntura crítica, sigue logrando implementar su plan regresivo, antipopular e insustentable, gozando además de una notable pasividad social y de la adhesión estable del 30% de la población.

Sostendremos aquí que la clave para comprender las adhesiones a Cambiemos no debe buscarse en el plano económico, sino en el plano político y simbólico: más específicamente, en el contenido de la promesa política de Cambiemos.

Esta promesa, que ha presentado variaciones a lo largo de estos casi tres años de gobierno, mantiene, sin embargo, un puñado de elementos centrales, agrupados en torno a la idea de “construcción de un cambio cultural”. Esta promesa contiene tres oposiciones centrales: meritocracia y prebenda; orden de las jerarquías y desorden de la politización; y aspiración frente a realidad.

Palabras clave: Cambiemos – Macri – promesa – sentido común

 

Introducción [1]

Depare lo que nos depare el futuro cercano, al momento de escritura de estas líneas (noviembre de 2018), el gobierno de Cambiemos, a cuyo frente se encuentra el presidente Mauricio Macri, ha demostrado una significativa habilidad para sortear las consecuencias más graves de la profunda crisis económica iniciada en mayo de 2018 y continuar con su plan de ajuste.

Más aún: a pesar de todas las limitaciones que muestra el gobierno en la gestión de los asuntos públicos, especialmente evidentes en el plano económico (lo que nos ha llevado, por ejemplo, a un nuevo “acuerdo” con el Fondo Monetario Internacional (FMI) después de 15 años[2]), y con el inocultable desgaste que muestran sus antaño funcionarios estrella, Cambiemos ha logrado avanzar con la implementación de un plan profundamente regresivo, sin encontrar prácticamente ninguna oposición sustantiva. En su reciente informe sobre la Argentina, los economistas del Fondo indican con elocuencia que “A pesar de la complicada situación económica y la difícil historia con los préstamos del FMI, la oposición social al programa es más tenue que la esperada”[3].

Agreguemos a estas evidencias otro dato llamativo: el presidente Macri, según indican las más recientes encuestas de opinión publicadas, viene manteniendo una imagen positiva de poco más del 30% del electorado, lo que podría traducirse sin más en un voto bien concreto, en el futuro ya no tan lejano de las presidenciales de 2019. Esta adhesión no se ha visto significativamente modificada, afirman, por el avance imparable (e injustificable) de la inflación y los aumentos tarifarios, y el deterioro progresivo del poder adquisitivo del salario y de las condiciones de vida de la mayoría de la población.

¿Qué es lo que explica, al menos en parte, este fenómeno de adhesión social persistente a un proyecto regresivo? Algunas razones ya han sido postuladas. Primero, la evidente ausencia de una organización política amplia y consistente por parte de los afectados por las medidas, muchos de ellos dispersos, sin capacidad, interés o incentivos para establecer alianzas con sectores más amplios.

¿Qué es lo que explica, al menos en parte, este fenómeno de adhesión social persistente a un proyecto regresivo?

Segundo, una oposición política pasiva, que ha contemplado azorada el avance decidido de Cambiemos en su plan regresivo, sin lograr articular muchas respuestas, y que por el momento demora la resolución de sus diferencias internas, la definición de un liderazgo unificado y la articulación de un frente común contra el gobierno nacional. Esta oposición, por el momento, no logra conformar una alternativa electoral viable (creíble, con chances de vencer a un potencial candidato de Cambiemos). Por el momento, las distintas fracciones del peronismo están inmersas en un complejo proceso de posicionamientos y reposicionamientos, sin miras de pronta solución. Por el momento.

Tercero, también se ha señalado la estratégica decisión de Cambiemos de “no ajustar por abajo”, aumentando el gasto social de sostenimiento de los sectores más vulnerables, conteniendo de esta forma estallidos o protestas sociales de envergadura, y dejando, por el momento, que los costos más contundentes del ajuste los paguen los trabajadores formales y las clases medias urbanas, generalmente adeptos a Cambiemos.

En este punto, es el lazo político o simbólico que estos sectores mantienen con Cambiemos, lo que atempera los malestares por la voracidad del ajuste[4].

En este artículo presentamos algunas ideas o hipótesis que, creemos, permiten entender por qué a la fecha (repetimos, noviembre de 2018) el gobierno de Cambiemos, aún en un momento de gran debilidad, sigue logrando, contra todos los pronósticos, implementar su plan regresivo, antipopular e insustentable, gozando además de una notable pasividad social, que incluye la adhesión estable de nada menos que el 30% de la población.

Tal como sostuvimos en otros artículos breves (Canelo, 2018), creemos que la clave para comprender la tolerancia social al ajuste de Cambiemos no debe buscarse en el plano económico (y con ello nos referimos a su posibilidad de satisfacer las demandas materiales o de consumo de la población y mantener o incrementar su nivel de vida). Por el contrario, esta clave se encuentra en el plano político y simbólico: más específicamente, en el contenido de la promesa política que Cambiemos nos propone.

Esta promesa ha presentado numerosas variaciones a lo largo de estos casi 3 años de gobierno, pero mantiene, sin embargo, un puñado de elementos centrales que han sobrevivido a las más variadas coyunturas, incluso a la crisis cambiaria del mes de mayo y al posterior acuerdo con el FMI, esto es, a dos de los momentos más críticos que debió atravesar el gobierno desde su asunción.

Estos elementos se agrupan en torno a la idea de “construcción de un cambio cultural”, cuyo principal vocero ha sido el Jefe de Gabinete Marcos Peña.

la clave para comprender la tolerancia social al ajuste de Cambiemos no debe buscarse en el plano económico. Por el contrario, esta clave se encuentra en el plano político y simbólico

 

Los ejes del cambio cultural

La construcción de este cambio cultural está organizada en tres oposiciones centrales, alrededor de las que se organiza el discurso público de Cambiemos. Primero, la contraposición entre meritocracia y prebenda; segundo, la oposición entre el orden de las jerarquías y el desorden de la politización; y tercero, la aspiración frente a la realidad.

Como ya ha sido señalado, la idea de “meritocracia” forma parte del mainstream de sentidos de Cambiemos, como gobierno y como fuerza política. Esta idea define, nada menos, aquellos criterios de ascenso social que Cambiemos postula como legítimos o “justos”, y que permean poderosamente nuestra sociedad. Así, la mejora en las condiciones de vida (individual o familiar) no debe estar vinculada con la posesión de derechos y/o la definición de necesidades. Esta mejora, este ascenso social, debe ser un premio a la posesión y puesta en juego de atributos individuales o del grupo inmediato: carácter, temple, sacrificio, habilidad para aprovechar oportunidades, viveza. Las figuras del emprendedor y del CEO son los modelos más consistentes de este “hiperindividuo” meritócrata postulado por Cambiemos como criterio justo de progreso, transformándose en verdaderos modelos sociales a imitar.

La idea de meritocracia es funcional a un conjunto de principios propios del liberalismo conservador, que atraviesan otros órdenes del modelo de sociedad deseado e impulsado por Cambiemos: por ejemplo, el imperio del ideal de la competencia, al debilitamiento de las instituciones, y la hiperindividualización de las estrategias. Además, interpela directamente el imaginario individualista, en general considerado por las ciencias sociales como especifico de las clases medias o altas, pero que crecientemente permea lo que ha sido denominado como una nueva “individualidad popular” (Araujo y Martucelli, 2015).

Gran parte de la efectividad de la idea de “mérito” como criterio justo de ascenso o éxito social, reside en su fuerte oposición constitutiva con la idea de “prebenda”, o percepción de ciertos beneficios institucionales o estatales. Así se constituye el par opuesto meritocracia-prebenda: si la meritocracia es el criterio correcto, deseable, “bueno”, para ascender socialmente, la prebenda es siempre ilegítima, injusta, corrupta. “mala”.

De aquí se deriva, por ejemplo, la idea de “consumos artificiales” tan persistente en el discurso de los más altos funcionarios de Cambiemos. La expresión popularmente extendida del “les hicieron creer” no significa otra cosa que “los engañaron con consumos artificiales a los que no tenían derecho”. Por ejemplo, y le proponemos al lector no escandalizarse con estas referencias, sino intentar comprender su significado más profundo, ¿qué significa que el economista Javier Gonzalez Fraga, afirme que “le hicieron creer a un empleado medio que podía comprarse celulares e irse al exterior”

(Infobae, 27/5/2016)? ¿O que la vicepresidenta de la Nación Gabriela Michetti sostenga que “es  demagógico que  un jubilado  cobre  quince mil  pesos” (Diario  Registrado, 30/11/2017)? ¿O que Carlos Melconian, ex presidente del Banco Nación, afirme que “necesitamos un tipo de cambio tal que los cadetes dejen de viajar a South Beach” (Infobae, 22/8/2018).

Frente al “engaño” de la prebenda, Cambiemos viene a restituir la “justa” posibilidad de consumo (y status) de los argentinos y argentinas. Así el presidente Macri mismo afirma, frente al injustificado y voraz aumento de tarifas de servicios públicos, que le “hemos devuelto a la población la dignidad de pagar lo justo por los servicios que recibe” (Clarin, 6/2016). Cada uno tendrá y accederá a lo que le corresponde de acuerdo con su propio mérito, y nada más. ¿Hay algún discurso de orden que resuene en forma más poderosa que ése en amplios sectores sociales?

Ahora bien aunque ante la sociedad se postula este ideal de la meritocracia, esta no necesariamente vale para nuestro elenco gobernante. Sus criterios de legitimación, representación y poder son enteramente diferentes.

Cambiemos construye un tipo de representación por notables (término que recuperamos aquí sin ningún tipo de connotación valorativa). Como sabemos desde Max Weber, la capacidad para gobernar de estos notables reside en poseer una situación socioeconómica que le permita hacer de la política una profesión secundaria, sin recibir por ello necesariamente un salario (por ello, estos notables son distintos de los políticos profesionales, tan apreciados por Weber y tan denostados en nuestros días). ¿Recuerda el lector la afirmación “no van a robar porque son ricos”?

El “mejor equipo de los últimos 50 años” se presenta entonces, como una minoría poseedora de propiedades especiales, aunque no en todos los casos meritocráticas. En las altas esferas del gobierno de Macri encontramos una mixtura entre apellidos tradicionales (Peña Braun), y nombres de menor alcurnia pero reconocidos como “exitosos empresarios” (Dietrich).

Ellos integran una “jerarquía natural” de individuos excepcionales que ocupan con pleno derecho y legitimidad la cúspide de la pirámide social, y por qué no entonces, la cima del gobierno y del Estado. Son una minoría dotada de una poderosa cohesión interna, con un fuerte espíritu de cuerpo (sellado en redes de sociabilidad, lazos de parentesco, amistad, y trayectorias educativas comunes) a salvo de la individualización que proponen para el resto de la sociedad.

De aquí se deriva que ser ricos, y mostrarse ricos y exitosos, no necesariamente constituye un error estratégico o una propiedad percibida como negativa en la sociedad, sino probablemente lo contrario: es un poderoso capital político y simbólico. ¿A qué se debe la incorregible afición de nuestro presidente a tomarse extensas vacaciones, aún en momentos críticos de su gestión? ¿Podemos considerarla como una señal deliberada que apunta a fortalecer esa imagen de clase, esa distancia con el resto de la sociedad? Los ricos, está claro, tienen derecho a tener “costumbres” diferentes a los del resto de la sociedad: por ejemplo, como defendía el ministro Nicolás Dujovne “tienen derecho a tener su dinero en el exterior” (Perfil, 18/9/2017).

En este plano, el gobierno de una minoría “natural”, privilegiada por herencia o por éxito personal, opera como garantía del mantenimiento de las jerarquías sociales, frente a la politización de la vida social que proponía el kirchnerismo. Esta politización expresa de los conflictos sociales, representaba, para vastos sectores sociales, una amenaza concreta de desorden, la puesta en riesgo de las posiciones sociales conseguidas, una cercanía demasiado tangible con “el otro” social (el pobre, el marginado, el inmigrante, etc.).

el gobierno de una minoría “natural”, privilegiada por herencia o por éxito personal, opera como garantía del mantenimiento de las jerarquías sociales, frente a la politización de la vida social que proponía el kirchnerismo

 

Por eso es que uno de los pilares básicos de la promesa de Cambiemos es el mantenimiento de las distancias sociales (entre clases altas, medias-altas, medias-bajas y bajas) que habían sido vulneradas por los procesos de integración e inclusión social que (aun parcialmente) llevó adelante el kirchnerismo, y antes también el peronismo. La tendencia a la igualación social, económica, cultural, política, que tendió a achicar las distancias sociales provocó tensiones en las jerarquías alrededor de las cuales se organizan todas las sociedades, entre ellas la nuestra. ¿Podríamos entender a Cambiemos como el “vengador de los humillados” (Berardi, 2017), que se sintieron “víctimas” de los procesos de relativo ascenso de sus “otros sociales” durante el kirchnerismo?

Mas aún, Cambiemos  garantiza (al  menos por  el momento)  el orden  social de la Argentina, entendido en términos amplios. Probablemente, su cara represiva, que ya ha mostrado sus primeras señales pero que aún puede desatarse con una inusitada violencia, tienda a profundizarse en lo que queda de la gestión, de mano de la llamada “bolsonarización” y del peligrosísimo giro a la derecha que se viene produciendo fuera y dentro de nuestro país.

Después de todo, el que arriba llamábamos “hiperindividuo” no admite ni protecciones estatales o institucionales, ni tampoco obstáculos en su carrera de ascenso individual: no acepta ni prebendas, ni pagar por la protección a otros más vulnerables, ni que una protesta de desocupados atente contra su libre circulación, ni que un delincuente atente contra sus bienes, ni que un inmigrante venga a disputarle un trabajo, aún precario. El “hiperindividuo” quiere ser, en suma, liberado: por eso Macri puede prometer “yo vengo a liberar al argentino que quiere salir de la pobreza” (Política Argentina, 10/8/2017), y, al mismo tiempo, desearle al que se quede sin trabajo “que encuentre un lugar para ser feliz” (El Destape, 12/1/2016).

Por último, creemos que el tercer eje de este cambio cultural de Cambiemos es el que contrapone la aspiración frente a la realidad.

En el modelo de sociedad que propone Cambiemos, la aspiración es un criterio de legitimación ciertamente excepcional. Se trata, nada más ni nada menos, de una promesa permanente que no requiere ser contrastada con la realidad, ni validarse en resultados concretos. Prima hermana de la meritocracia, la aspiración es ciertamente un horizonte inalcanzable, una utopía que habla siempre del futuro y nunca del presente. Por eso el presidente puede prometernos una y otra vez que “lo peor ya pasó” en 2016 (20/7/2016, entrevista en Telefé), en 2017 (Infobae, 18/3/2017), y nuevamente en 2018 (1/3 en la apertura de las sesiones legislativas), con una alta probabilidad de que le crean. ¿Cómo no seguir a quien nos promete liberarnos para que podamos lograr nuestros sueños y esperanzas, por improbables que sean, por nuestros propios medios?

Asi, en un contexto que rápidamente virará en contienda electoral, y ante la evidencia concreta que nos presentan estos largos meses de alta tolerancia al ajuste, la oposición política a Cambiemos debiera no perder de vista un hecho hoy innegable: que la realidad no siempre es la única verdad, y que no necesariamente la realidad es una promesa preferible a la aspiración (que, recordemos, no necesita cumplirse). Más aún cuando Cambiemos, de perder las elecciones presidenciales, entregará nada menos que tierra arrasada.

Así, seamos cuidadosos con la simpleza de las interpretaciones economicistas, que reducen las adhesiones políticas y los comportamientos electorales a lo que tengamos en el bolsillo. Tal vez estemos frente a fenómenos tanto más complejos que las explicaciones conocidas no alcancen.

 

Reflexiones finales

A diferencia de lo que postularon las primeras interpretaciones sobre el gobierno de Macri, Cambiemos no es “producto de una casualidad”, ni solamente el gobierno de los CEOs, ni únicamente una derecha predatoria, ni tampoco un partido de niños ricos y aburridos cuya única intención es hacer negocios para volver luego a su mundo de privilegios. En parte, nuestra flagrante debilidad para oponerle un freno contundente a este proyecto regresivo responde a que lo hemos subestimado.

Cambiemos vino para quedarse, si es que eso le resulta posible. Las acciones y omisiones de estos 3 años de gobierno nos muestran que vino a producir un cambio en los valores de la sociedad argentina. O al menos a representar, organizar y darle voz (y sobre todo, voto) a cambios que ya venían produciéndose en nuestra sociedad hacía ya largas décadas. Hasta el momento, y aún en esta coyuntura de debilidad, Cambiemos parece interpretar en forma mucho más eficaz que la oposición las transformaciones sufridas por la sociedad argentina.

El “cambio cultural” que nos propone disputa el sentido común, y busca la instalación de un nuevo sistema de valores, creencias, prácticas y costumbres que consoliden un proyecto regresivo y antipopular, una constelación de sentidos que se presente como “natural”.

El futuro avanza a toda velocidad hacia nosotros. ¿Sera posible, en este vértigo, construir una oposición unida y con chances electorales que permita detener y revertir este proyecto regresivo, hasta el momento apoyado por vastos sectores sociales, y construir una promesa de futuro alternativa?

 

 


 

[1] Este trabajo fue presentado en las I Jornadas Chaqueñas de Democracia y Desarrollo de la Escuela de Gobierno de Chaco, realizadas en la ciudad de Resistencia, los días 5 y 6 de abril de 2018. Una versión preliminar ha sido publicada en Canelo (2018).

[2] Sobre los vínculos entre Argentina y el FMI y un detalle del actual acuerdo consultar López (2018).

[3] Ver <https://www.imf.org/external/spanish/index.htm> Disponible el  /11/2018

[4] Remito aquí al artículo de Julio Burdman en Tiempo Argentino (4/11/2018) https://www.tiempoar.com.ar/nota/oposicion-social-tenue-una-de-las-fortalezas-de-macri Disponible el 7/11/2018

 

Referencias bibliográficas

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